Izabella Godlewska en Casa de Vacas

En 1939, con sólo 8 años de edad huyó de Polonia al sentirse su familia amenazada por la doble invasión nazi y soviética. Tras un peligroso viaje por Europa, encontró refugio en Inglaterra. Estudió Arquitectura y comenzó a pintar y esculpir. Son seis décadas de trayectoria de Izabella Godlewska, una artista total, auténtica mujer del Renacimiento, que expone una antología de su obra en Casa de Vacas, la sala de exposiciones del Ayuntamiento de Madrid en el parque del Retiro.

La vida de Izabella Godlewska (Synkowicze, Polonia –hoy Bielorrusia-, 1931) es una odisea. Hija del senador Józef Godlewski, con ocho años, y de la mano de su madre, huyó de Polonia en septiembre de 1939, tras la invasión simultánea alemana y rusa, en una aventura que aún hoy pone los pelos de punta.

Cruzando bosques y marismas, falsificando pasaportes y viajando de noche en un camión alimentado con alcohol y conducido por su hermano Karol, de 17 años, consiguió alcanzar la frontera lituana. Atravesaron media Europa durante meses -Lituania, Letonia, Suecia, Dinamarca, Bélgica, Francia, España, Portugal, Gibraltar y finalmente Reino Unido- escapando del nazismo y del comunismo.

En Oxford, terminada la guerra, estudió Arquitectura, profesión que ha ejercido en Reino Unido y Madrid, donde se casó en 1959 con un diplomático español, Eduardo Aranda Carranza. Su obra es una continua búsqueda del infinito, a partir de una profunda fe religiosa, y una exploración por todas las expresiones artísticas.

El recorrido por la exposición en Casa de Vacas, en el parque del Retiro, es un viaje por el mundo que ha conocido Izabella, desde Haití a Cádiz, desde los campos de Castilla a las estepas nevadas de Finlandia, de Roma a los jardines de Kensington, en Londres. “Decir todo de la manera más sencilla. Depurar”, así explica la artista su obra.

Godlewska, a sus 83 años, acude a diario a la exposición y se detiene con los visitantes para explicarles su obra y algún episodio de su vida. No ha pensado nunca en escribir sobre su peripecia vital porque la mejor forma que ha tenido de contarla es través del arte.

Sus últimos cuadros, de un acentuado expresionismo que llama la atención en esta etapa ya tan serena de su vida, muestran nuevamente uno de los motivos recurrentes en su obra: los árboles, que parecen gritar de dolor y traen a la memoria las experiencias vividas por su familia en la guerra y el grave accidente sufrido hace años por su hijo Eduardo.

“Seguimos. Estamos vivos”. Así resume la artista la filosofía con la que se ha tomado la existencia. Recuerda con una sonrisa, sin rencor, su huida ante el avance de los tanques rusos y alemanas, así como el consejo que le escuchó a su madre cuando escapaban de la casa familiar: “Si vienen los alemanes, escondeos en los bosques, porque no saben navegar en los bosques. Si vienen los rusos, escondeos en las ciudades”. Pensaban que huían para tres semanas. Nunca pudieron regresar.

La exposición permanecerá abierta hasta el 30 de julio. Se puede visitar de diez de la mañana a nueve de la noche, todos los días de la semana. La entrada es gratuita.

Foto: Ignacio Bazarra

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